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Oliver Sacks se despide

23/02/2015

Oliver Sacks se despide

Ayer, 19 de Febrero, Oliver Sacks, catedrático de neurología en la Facultad de Medicina de la Universidad de Nueva York publicaba un escrito en el New York Times. Anunciaba que le han diagnosticado un cáncer terminal y hablaba de cómo se siente ahora que sabe que le quedan pocos meses de vida. Aquí podéis lees el texto, en inglés, de su despedida: enlace al New York Times

Más allá de la noticia, queremos aprovechar para hablar de este escritor prolífico y gran divulgador científico, que a lo largo de su carrera ha conseguido hacer de los casos médicos literatura para todos los públicos. Algunos de sus libros más conocidos son "Despertares", del que se hizo una película con el mismo título, o "El hombre que confundió a su mujer con un sombrero".

Este segundo, publicado en 1985, explica casos clínicos sorprendentes, extraños o curiosos. Todos ellos casos que se había encontrado en su día a día como neurólogo. A lo largo del libro, de forma comprensible y amena Sacks habla de las agnosias visuales, la enfermedad de Parkinson, o la esquizofrenia entre muchos otros casos.

Pero, a modo de homenaje, os dejamos a continuación un fragmento de uno de los casos que trata en este libro. El capítulo se titula "El marinero perdido" y habla de su experiencia con un paciente con un curioso problema de memoria.    

“El marinero perdido” de Oliver Sacks.

“<…> Jimmie era un hombre de buen aspecto, con una mata de pelo canoso rizado, cuarenta y nueve años, de aspecto saludable, bien parecido. Era alegre, cordial, afable. —¡Hola, doctor! —dijo—. ¡Estupenda mañana! ¿Puedo sentarme en esta silla? Era una persona simpática, muy dispuesta a hablar y a contestar cualquier pregunta que le hiciesen. Me dijo su nombre, su fecha de nacimiento y el nombre del pueblecito de Connecticut donde había nacido. Lo describió con amoroso detalle, llegó incluso a dibujarme un plano. Habló de las casas donde había vivido su familia... aún recordaba sus números de teléfono. Habló de la escuela y de su época de escolar, de los amigos que había tenido y de su especial afición a las matemáticas y a la ciencia. Habló con entusiasmo de su época en la Marina, tenía diecisiete años, acababa de terminar el bachiller, cuando lo reclutaron en 1943. Dado su talento para la ingeniería era un candidato «natural» para la radiofonía y la electrónica, y después de un curso intensivo en Texas pasó a ocupar el puesto de operador de radio suplente en un submarino. Recordaba los nombres de varios submarinos en los que había servido, sus misiones, dónde estaban estacionados, los nombres de sus camaradas de tripulación. Recordaba el código Morse y aún era capaz de manejarlo y de mecanografiar al tacto con fluidez. Una primera parte de la vida plena e interesante, recordada con viveza, con detalle, con cariño. Pero sus recuerdos, por alguna razón, se paraban ahí. Recordaba, y casi revivía, sus tiempos de guerra y de servicio militar, el final de la guerra, y sus proyectos para el futuro. Había llegado a gustarle mucho la Marina, pensó que podría seguir en ella. Pero con la legislación de ayuda a los licenciados y el apoyo que podía obtener consideró que le interesaba más ir a la Universidad. Su hermano mayor estaba en una escuela de contabilidad y tenía relaciones con una chica, una «auténtica belleza», de Oregón. Al recordar, al revivir, Jimmie se mostraba lleno de entusiasmo; no parecía hablar del pasado sino del presente, y a mí me sorprendió mucho el cambio de tiempo verbal en sus recuerdos cuando pasó de sus días escolares a su período en la Marina. Había estado utilizando el tiempo pasado, pero luego utilizaba el presente... y (a mí me parecía) no sólo el tiempo presente formal o ficticio del recuerdo, sino el tiempo presente real de la experiencia inmediata. Se apoderó de mí una sospecha súbita, improbable. —¿En qué año estamos, señor G. ? —pregunté, ocultando mi perplejidad con una actitud despreocupada. —En cuál vamos a estar, en el cuarenta y cinco. ¿Por qué me lo pregunta? —Luego continuó—: Hemos ganado la guerra, Roosevelt ha muerto, Truman está al timón. Nos aguarda un gran futuro. —Y usted, Jimmie ¿qué edad tiene? Su actitud era extraña, insegura, vaciló un instante. Parecía estar haciendo cálculos. —Bueno, creo que diecinueve, doctor. Los próximos que cumpla serán veinte. Al mirar a aquel hombre de pelo canoso que tenía ante mí, tuve un impulso que nunca me he perdonado... era, o habría sido, el colmo de la crueldad si hubiese habido alguna posibilidad de que Jimmie recordase. —Mire —dije, y empujé hacia él un espejo—. Mírese al espejo y dígame lo que ve. ¿Es ese que lo mira desde el espejo un muchacho de diecinueve años? Palideció de pronto, se aferró a los lados de la silla. —Dios Santo —cuchicheó—. Dios mío, ¿qué es lo que pasa? ¿Qué me ha sucedido? ¿Será una pesadilla? ¿Estoy loco? ¿Es una broma? Parecía frenético, aterrado. —No se preocupe, Jimmie —dije tranquilizándolo—. Es sólo un error. No hay por qué preocuparse. ¡Venga! Lo llevé junto a la ventana. —Verdad que es un maravilloso día de primavera —le dije—. ¿Ve aquellos chicos que hay allí jugando al béisbol? Recuperó el color y empezó a sonreír y yo me escabullí llevándome aquel espejo odioso. Volví dos minutos después. Jimmie aún seguía junto a la ventana, mirando muy contento a los chicos que jugaban al béisbol abajo. Se volvió cuando abrí la puerta y su expresión era alegre. —¡Hola, doctor! —dijo— ¡Bonita mañana! Quiere usted hablar conmigo... ¿Me siento en esta silla? No había indicio alguno de reconocimiento en su expresión franca y abierta. —¿No nos hemos visto antes, señor G. ? —pregunté despreocupadamente. —No, que yo sepa. Menuda barba que tiene. ¡A usted no lo olvidaría, doctor! —¿Por qué me llama doctor? —Bueno, lo es usted, ¿no? —Sí, pero si no nos hemos visto antes, ¿cómo sabe que lo soy? —Es que usted habla como un médico. Se ve que es un médico. —Bueno, tiene usted razón, lo soy. Soy el neurólogo de aquí. —¿Neurólogo? Vaya, ¿tengo algún problema nervioso? Y dice usted «aquí»... ¿dónde estamos? ¿qué es este lugar? <…>”

Fragmento del capítulo “El marinero perdido”

del libro “El hombre que confundió a su mujer con un sombrero”

de Oliver Sacks.

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